Comunicar solo lo positivo, ¿es comunicación? | Luis Miguel Díaz-Meco Orizo

Comunicar solo lo positivo, ¿es comunicación?

La buena comunicación, la comunicación con mayúsculas, lleva grabado en su ADN una serie de valores de los que no es posible prescindir: ética, transparencia, coherencia, honestidad, humildad, empatía…

Por ello, resulta casi molesto pronunciarse sobre el falso debate de si las empresas o instituciones deben comunicar solo los aspectos positivos.

 

En mi opinión, esta opción no debería ni plantearse. Y sin embargo, vemos a diario muestras de cómo la comunicación se prostituye y ofrece dietas milagro (luz y color) que nunca compensan, porque sus efectos secundarios (daños en la credibilidad, reputación e imagen) son siempre mayores.

Siempre debería haber sido así. Pero utilizar la comunicación de este modo hoy, en el contexto digital, es no haber entendido ni aprendido nada: cualquier desliz o error se paga, más caro y antes. Ya ni hablamos de mentir o intentar engañar a tus públicos.

Por todo ello, el universo 2.0 -contrariamente a lo que suele afirmarse- no vale para todo el mundo. Si tu empresa o institución no comparte los principios apuntados en el primer párrafo, ni te lo plantees.

Algún ejemplo ilustrativo:

  • Instituciones públicas en las que se alaba la gestión propia en publicaciones dirigidas a los ciudadanos que disfrutan o padecen sus servicios. A quién se pretende engañar, tan difícil es entender que es absolutamente contraproducente vender la (falsa) excelencia de un producto cuando existe la posibilidad real y diaria de comprobarla.

[Ahora incluso se ha descubierto que puede ser contrario a tus intereses vender la excelencia aunque se posea, porque eleva las expectativas de tu público hasta un punto imposible de satisfacer].

¿Por qué no atribuimos a nuestros clientes o ciudadanos una parte, aunque sea pequeña, de la inteligencia que todos creemos poseer?

  • Qué decir de las campañas electorales, con esos carteles en los que los candidatos ofrecen una apariencia que no tienen.

Con esos debates y declaraciones en los que se ofrecen argumentos de cumplimientos electorales que no existen y promesas futuras de actuaciones que sabemos que no se van a cumplir.

O en los que se deslizan afirmaciones que revelan la auténtica naturaleza de los candidatos y que se pretenden corregir con una mera disculpa. Como si el fondo de esas palabras hubiera cambiado.

En su descargo, y en el de sus asesores, cabe destacar que la política es un ecosistema absolutamente cerrado, en el que las barreras de entrada son enormes y las posibilidades de competencia real, entre iguales, muy pocas. Y de momento, ya veremos cuánto dura, casi todo (el mundo) vale.

Si decides embarcar a tu empresa en ese circo, dedícate al espectáculo pero no afirmes trabajar en comunicación, denigras la profesión y estarás haciendo un flaco favor a tu organización.

La perfección no existe por mucho que se predique y, sí, todos nos equivocamos. Lo hacemos a título individual y, mucho más, cuando hablamos de empresas o instituciones (que no dejan de ser una suma de muchas voluntades individuales).

Y en todo caso, queremos empresas (y personas) humanas, que se equivoquen, que pidan disculpas, que sean humildes y aprendan de sus errores, que aprovechen las enseñanzas de sus clientes y crezcan con ellos…

¿Tan difícil es de entender?

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