Cómo hablar bien en público. Mitos y leyendas

A good speech should be like a woman’s skirt: long enough to cover the subject and short enough to create interest

Un buen discurso debe ser como la falda de una mujer: lo suficientemente largo para cubrir el tema y lo suficientemente corto cómo para crear interés, Winston Churchill

Las presentaciones, los discursos, las comparecencias en público parecen estar rodeados de un halo de misterio. Solo unos cuantos elegidos son capaces de persuadir, de trasladar sus mensajes de un modo efectivo, de emocionar…

En absoluto. Como buena parte de las técnicas de comunicación, es posible -y relativamente sencillo- aprender a hablar en público y transformar nuestras carencias en herramientas al servicio de nuestro mensaje.

Pero para ello es preciso desmontar algunos mitos que -como a la comunicación en general- también acompañan a las presentaciones:

No somos tan importantes como nos creemos

Muchos de nuestros temores a hablar en público nos los creamos nosotros mismos.

Pensamos en nuestra exposición como un momento único, en el que todos los focos van a estar sobre nosotros, en una oportunidad irrepetible para brillar y ofrecer una imagen de persona preparada, profesional, sensible, con sentido del humor, don de palabra, capaz de persuadir, motivar, emocionar…

Está bien que nos hagamos este planteamiento, sin duda nos ayudará a esforzarnos y a mejorar, pero casi nunca es así.

Nuestro público, en general, nos prestará una atención más bien escasa, valorará nuestro esfuerzo e incluso, en ocasiones, se emocionará con nuestras palabras; pero las olvidará con rapidez.

El mito de preparar una presentación o discurso o dar una clase que quede para la posteridad es bonito, pero falso.

De hecho, cuántos recuerdas que te hayan dejado huella. Es más, cuántos recuerdas.

Los errores se pagan, pero poco

Como muchas otras cosas, el error está sobrevalorado.

Según explica el psiquiatra Luis Rojas Marcos: “La perspectiva optimista más provechosa en situaciones de riesgo es la que nos induce a esperar lo mejor y a prepararnos para lo peor”.

Cuanto más nos preparemos, mejor. Pero si finalmente te equivocas, el ordenador adquiere vida propia, los vídeos no aparecen o el ‘puntero’ se vuelve loco, pues asúmelo con naturalidad, pide disculpas y a otra cosa.

Las herramientas, ¿al rescate?

Ponemos, en mi opinión, demasiado énfasis en las herramientas. Se escriben libros sobre cuáles son las más apropiadas, qué tipo de letra elegir, qué fotografían deben acompañar nuestra charla, como integrar los vídeos…

Y al final todo se reduce a las personas que hay detrás de la tecnología, ya sean como ponentes o como público.

No es igual, pero casi, el programa que manejes o los apoyos que utilices. Al final quedará, sobre todo, lo que seas capaz de transmitir y cómo.

Si tenemos algo interesante que decir, todas estas herramientas nos servirán para dar lustre a nuestro mensaje; si no, ni con efectos especiales.

El mejor consejo: ensaya, ensaya y ensaya

Como señala Manuel Campo Vidal, la improvisación es uno de los pecados capitales del mal comunicador.

Cuanto más tiempo dediques a tu presentación y mejor la prepares, mejores serán los resultados. Así de sencillo.

Además el efecto es exponencial: + preparación = + soltura = + confianza = mejor exposición.

Lleva más de tres semanas preparar un buen discurso improvisado, Mark Twain.

El factor tiempo

A diferencia de la educación, la amabilidad o la cortesía, con el tiempo conviene -siempre- pecar por defecto.

Recuerda que nunca nadie se ha quejado de una presentación demasiado corta.

En otras palabras: “Un sermón corto mueve los corazones; un sermón largo solo mueve los traseros en los bancos de la iglesia”.

Utiliza un lenguaje sencillo y directo. Si agotas el tema, seguramente agotarás también a tu audiencia.

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